María tiene 16 años y esta noche tiene una gran fiesta en casa de uno de los compañeros de su clase. Su padre la lleva en coche hasta el lugar y queda con ella que la recogerá cuando lo llame. Todo parece que va bien. La familia se relaja en el sofá de casa mientras ve una película y espera a que María llame, sin embargo, a las dos horas María llama a su madre: ella y otros amigos están completamente borrachos y se les ha ido de las manos, organizando un escándalo terrible, por lo que algunos vecinos han llamado a la policía, que ha ido hasta el lugar y les dice que sus padres tienen que ir a recogerlos, debiendo terminar la fiesta antes de lo esperado.

 

Andrés, el padre de María, va a recoger a la chica y se la encuentra en un estado de embriaguez que nunca hubiera imaginado de su niña. No puede ocultar su asombro y su enfado, ¿cómo es posible que su hija, siempre tan sensata, haya acabado de esa manera y protagonizando un escándalo tan importante?

 

La policía se ha quedado con su hija y tres amigos más. María parece estar asustadísima por todo lo que ha pasado. Al ver a su padre, siente un alivio y lo único que hace es pedir perdón, mientras sus ojos se van llenando de lágrimas rápidamente. Andrés, la coge y la acompaña al coche, mientras escucha a su hija, una y otra vez, pedir perdón. Claramente no parece pensar que lo que ha sucedido esa noche haya sido divertido ni querrá repetirlo otra vez.

 

El padre, mientras iba al lugar donde se encontraba María, ha estado pensando en un sinfín de ideas para castigar a la niña y todo lo que le reprocharía al verla, pero pronto se da cuenta de que ha sido la propia hija quien ha llamado, se ha sincerado y ha confiado en su familia, cuando otros no han sido capaces de hacerlo. Así que, de vuelta a casa y con María un poco más estable, le pregunta cómo se siente, qué ha ocurrido en la fiesta, qué piensa sobre lo ocurrido y qué decisiones tomará para la siguiente vez, todo con un tono paternal, tratando de mantener una conversación en la que la niña se sienta comprendida y no amenazada.

Esto puede ser una experiencia real, como las miles que viven diariamente familias de adolescentes, sin embargo, la manera de actuar de cada padre o madre puede ser diferente.

Existen diferentes tipos de estilos parentales o educativos y, según en el que nos basemos para criar a nuestros hijos e hijas, produciremos unos efectos u otros en el desarrollo de estos, permitiendo tener un vínculo familiar más fuerte y cohesionado, además de fomentar una confianza en el diálogo entre la familia y el/la adolescente.

Pero, ¿qué es la confianza? Se trata de un sentimiento de seguridad que deposita una persona en otra, en este caso, el adolescente en su familia. Esto se va construyendo y trabajando con el tiempo, desde que son muy pequeños, a través de la comunicación, del tiempo dedicado a estar en familia, de las actividades realizadas, de los problemas resueltos, etc. Es un cúmulo de vivencias lo que van generando esa confianza familiar que potenciará que el o la adolescente cuente sus experiencias y vivencias abiertamente a la familia.

Dime cómo eres y te diré cómo educas…

Así, con todo lo explicado anteriormente, podemos describir diferentes estilos educativos desde los que las familias crían a sus hijos/as, con unos efectos más o menos positivos en su desarrollo y por ende en la confianza.

Podemos encontrar una enseñanza más exigente o rígida, lo que se considera como estilo agresivo y que no tiene en consideración lo que piensa el hijo o hija, sino que solo toma en cuenta la palabra o idea del padre o madre y es esta la que se debe cumplir. A la larga, esto tiene consecuencias negativas, tanto en el desarrollo de la persona, pudiendo llegar a tener mucha inseguridad, una menor autonomía y competencia social, como en el vínculo familiar, donde se tenderá a evitar temas de conversación por miedo al castigo o las posibles represalias que se puedan derivar. Además, puede ocurrir que en la adolescencia se repitan estos patrones de conducta y el niño o niña comience a plantar cara o adoptar una actitud de rebeldía.

En contra de este, se podría encontrar uno más de colegueo o amistad, caracterizado por la ausencia de normas o límites, en la que prima la conversación con el pequeño, pero más como amigos que como padres.

Otro que podemos encontrar es un estilo más sobreprotector, caracterizado por el miedo o la inseguridad a que ocurran ciertas cosas en la estabilidad del pequeño, lo que le priva de un desarrollo autónomo, con mucha inseguridad, autoestima baja… Como consecuencia de evitar los problemas, los adolescentes no tendrán desarrolladas las habilidades o herramientas para hacer frente a las adversidades y, atendiendo al patrón comunicativo con tendencia a rehuir las dificultades, tampoco contarán con la confianza para dialogar acerca de sus vivencias e inquietudes.

También existe el ausente, caracterizado por no poder dedicar tiempo ni atención a la educación que precisan, lo que hace que surjan malos comportamientos y problemas en la adolescencia como reclamo de la atención de mamá y papá. Aunque es muy complicado en la actualidad conciliar el trabajo con la educación y el tiempo de calidad con la familia, se ha de tratar, por todos los medios, de cuadrar los horarios y favorecer la comunicación.  

Por último, podríamos señalar el estilo democrático o asertivo, que supone la mezcla de todos los demás, acompañando en el proceso de crecimiento, estableciendo unos límites y consecuencias, pero siempre desde el más profundo amor y cariño, dialogando sobre todo lo que le ocurre, lo que siente y lo que piensa, tratando de afianzar los lazos familiares y dotando de una estabilidad emocional de la que logrará un gran desarrollo físico, psicológico y social. Este es el más recomendable, puesto que, de mayores, la confianza generada en la familia hará que, ante un problema, pueda acudir al padre o madre para tratar de ponerle una solución y lo haga sin miedo, sabiendo que va a encontrar apoyo al contarlo.

¿Cómo actuar en caso de que mi hijo/a me cuente que se ha metido en un lío?

  • Recuerda que alguna vez tú también fuiste adolescente y que habrás vivido situaciones similares, en las que pensabas que las normas estaban para saltárselas. No se trata de fomentar que se metan en líos y desobedezcan, sino de comprender su momento y lo que nos cuentan.
  • Agradece esa confianza depositada en ti y devuélvesela en forma de conocimiento. Debemos educar a partir de cada una de las experiencias que tengan y, si es un problema, buscar soluciones consensuadas, que impliquen una evolución del adolescente, pero siempre desde el diálogo, el cariño y la comprensión mutua. Debemos recordar que si rompemos esa confianza no se podrá educar adecuadamente.
  • Tener en cuenta las emociones que están experimentando. Nosotros también sentiremos y deberemos expresarlas, pero, sobre todo, hay que tener en cuenta lo que nos están transmitiendo. Puede ser miedo, confusión, arrepentimiento… lo que les ayudará a comprender lo que han hecho y a aprender las consecuencias que se desprenden.
  • Debemos fomentar la reflexión desde la calma, teniendo presente que los errores son oportunidades de aprendizaje. Es muy recomendable preguntar qué ha pasado, cómo se siente y qué ha aprendido de lo que ha hecho y lo que ha sucedido, lo que le permitirá pensar y actuar en consecuencia la próxima vez.

En ocasiones, esto se vuelve muy complicado, puesto que en la relación entre la familia y el o la adolescente influyen muchos aspectos. En Equipo Nerea López tenemos experiencia en el trato con jóvenes y estamos para analizar cada situación y, juntos, buscar la alternativa o solución más adecuada. No dudes en consultarnos si tienes cualquier problema. Más vale no demorarlo y resolverlo cuanto antes.

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