Si en anteriores entradas del blog hablábamos sobre los diferentes estilos parentales y sus consecuencias directas e indirectas en el desarrollo del pequeño y en sus futuros comportamientos, hoy queremos tratar en profundidad los castigos físicos, característicos del estilo agresivo.

Durante años, sobre todo las generaciones anteriores, se ha educado a través de castigos corporales como dar bofetadas, zarandear, “levantar la mano”, dar cachetes… Su uso era y es defendido por muchas personas, creyendo que de esta manera se pueden corregir ciertos comportamientos conductuales del niño/a. Sin embargo, lejos de la realidad, el castigo físico hace daño a todos: a los niños y niñas, a la familia y a la sociedad. Además, enseña desde el miedo y la sumisión, mermando la posibilidad de crecer como personas autónomas y responsables.

¿Cuáles son sus efectos?

Como hemos adelantado, los efectos no solo son para quienes sufren las agresiones, sino también para aquellos que las infringen y para la sociedad en la que vivimos, ya que legitima el uso de la violencia como modo de resolución de los conflictos, limitando el diálogo como herramienta fundamental de relación, lo que, a su vez, quiebra cualquier relación social. Además, el uso de la fuerza genera una ciudadanía sumisa, condicionada por la característica de ser siempre víctimas de lo que ocurra.

En cuanto a los niños y niñas, genera un impacto directo en su desarrollo emocional, dañando su autoestima, dado que sienten una sensación de soledad e impotencia por no poder hacer frente a la situación. A su vez, la rabia y la tristeza también se van apoderando de ellos/as. Además, la relación con la familia se ve fuertemente afectada, generando vínculos de desconfianza basados en el miedo a recibir el castigo. Esto genera un impacto decisivo en su desarrollo académico, ya que el cerebro se bloquea, interpretando una señal del peligro que les impide aprender. Por ende, el desarrollo social también se ve afectado, incorporando a su forma de actuar y de resolver problemas a través de la violencia y la agresividad.

Cabe destacar que, a la larga, los castigos físicos pueden provocar problemas de conducta y síntomas relacionados con la depresión.

Por último, quienes aplican estas medidas correctoras, sienten ansiedad y culpa, incluso cuando consideran como adecuadas estas formas de aprendizaje. Con el paso del tiempo, pueden observar cómo estas estrategias van mermando la relación familiar, impidiendo una comunicación fluida con los hijos/as y, si no se plantea una forma diferente para educar, la violencia va a más, expandiéndose en diferentes contextos, en intensidad y frecuencia del castigo, lo que puede llegar a hacer que se produzcan daños físicos accidentales que se podrían haber evitado.

¿Qué es y cómo podemos educar?

Llegados a este punto… ¿qué podemos considerar qué es la educación de los hijos/as?

Educar es respeto, es amar y transmitir unos valores que le van a ayudar a insertarse de manera adecuada en la sociedad. Se trata de enseñar a las personas, desde muy temprana edad, a vivir y convivir con sus iguales, participando a través del diálogo en las diferentes tomas de decisiones que ofrezcan posibilidad de crecimiento del hogar y de la comunidad en la que se vive. Implica una correcta educación emocional, permitiendo ser conscientes de los sentimientos y emociones propios y ajenos, lo que propiciará el encuentro, la empatía, la cooperación… Además, se hace especialmente importante y necesario desarrollar un juicio crítico que permita la participación en cualquier contexto, buscando diferentes alternativas a los problemas que pudieran surgir.

Para que crezcan con seguridad, felices y con confianza, nada mejor que educar en positivo, desde el amor y asegurándonos de que los problemas se resuelven de manera pacífica y a través del diálogo. Debemos darles la importancia que tienen y que merecen, dándoles la oportunidad de ejercer su participación en la toma de decisiones, apoyando su iniciativa, lo que hará que vayan desarrollando su autonomía y capacidad crítica. Esto permitirá generar adecuadas bases emocionales, haciendo que busquen diferentes alternativas en la resolución de conflictos cotidianos que se les puedan plantear, además de fomentar la tolerancia con respecto a las diferencias de cualquier tipo.

Este tipo de educación requiere de tiempo, paciencia y dedicación, pudiendo darse momentos de retroceso en el aprendizaje. No obstante, será un aprendizaje duradero y que permitirá avanzar y seguir construyéndose a través de las experiencias y tropiezos que se den en la vida. Porque vivir es aprender y, tras cada error o fracaso, se esconde una gran enseñanza.

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